06 julio 2006

Las manos de ellos continúan moviéndose


El vigilante deja el café sobre la mesa. Mira a los ocho monitores, sesenta cámaras que van mandando sus imágenes durante lapsos de diez segundos. En uno se veía el patio de la rectoría, cambia a un pasillo del comedor, a continuación muestra la salida del estacionamiento. Los lugares rotan en forma constante en cada una de las pantallas. Una de ellas le llama la atención, usa el pequeño tablero gris para indicar que esa cámara pase al receptor principal. Es uno de los laboratorios de cómputo. El salón trescientos diez y seis, donde usualmente se quedan algunos alumnos a trabajar toda la noche. Lo general es que estos fumen, coman frituras y tomen refrescos, a veces incluso cerveza, cuando se supone que esta prohibido. Los de seguridad suelen ignorarlos. Hoy es distinto.

Lo que el vigilante ve en la pantalla es a los estudiantes inmóviles frente a su respectivas computadoras. Por un segundo piensa que se arruino el sistema. Se acerca al monitor y se da cuenta que no hay ningún daño, ellos siguen allí, la cámara sigue tomando, en la escena estática solo las manos de ellos continúan moviéndose.

El vigilante llama a su compañero con la radio: estática. Intenta de nuevo: estática. Toma su linterna y sale de la caseta de seguridad. Se encamina al edificio de cómputo. Al llegar se asoma por la ventana de la puerta, los estudiantes siguen rígidos en sus asientos. Siete u ocho jóvenes, todos con audífonos, con la mirada fija en la pantalla que tienen al frente. Le extraña que ninguno reaccione cuando abre la puerta. Buenas noches, dice en voz alta. Nadie responde. Solo se oye el golpeteo arrítmico en los teclados, el zumbido del aire acondicionado y un susurro indeterminado que parece venir de los audífonos. ¡Buenas noches!, alza la voz. Nadie lo escucha.

Apunto de tocar al más cercano de ellos oye el motor de la cámara. Voltea hacia la esquina donde cuelga. Ve que se esta moviendo, el lente gira ajustando el enfoque y acercamiento. Siente como alguien lo observa a través del aparato. Un temblor se apodera de sus manos. Llama de nuevo a su colega: ¡Estas allí, cambio!, ¡Cambio! Solo estática. Los gritos no despiertan a los jóvenes que siguen en su tarea mientras el vigilante corre hacia la caseta. Al llegar descubre un cigarro recién apagado en su taza de café, la silla esta movida y el casillero de su compañero esta abierto.

Mira por un momento los monitores, una imagen hace que sienta una contracción en la traquea, una especie de golpe. Siente nauseas. Un cosquilleo que empieza en la base de la cabeza y corre de prisa por su espalda. Ve el laboratorio, los mismos muchachos trabajando como estatuas, pero en el suelo del pasillo una sombra. Conforme enfoca y acerca la cámara con los controles descubre que se trata de su compañero.
Toma su pistola. En veinte años de trabajar allí nunca la había sacado. Sale de la caseta. Abre de golpe el laboratorio: no hay nada en el suelo, ni cuerpo ni colega ni siquiera mancha de sangre. La mano le suda, tiembla de pies a cabeza, ve todo borroso. Toma aire e intenta hacer reaccionar a los chicos. Toma a uno del hombro, lo sacude, pero el rostro sigue absorto en la pantalla de su computadora. Le quita los audífonos, le grita al oído. Le duele el pecho. Empuja el monitor que esta frente al muchacho que lo ignora. El aparato se voltea, la pantalla esta dirigida al techo de la habitación. El estudiante sigue tecleando en la maquina, mirando ahora al vació donde estaba el aparato. El vigilante cae al suelo. Todo se le oscurece, respira con dificultad. Antes de cerrar los ojos lo único que alcanza a ver es que las manos de ellos continúan moviéndose.

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