
El detective percibe el olor penetrante de la habitación. Se tapa la nariz y entra. Un oficial le muestra el cuerpo. Este era el asesino que buscábamos, afirma mientras revisa la habitación. Documentales apilados en el estante. Enciclopedias de la vida salvaje. Terrarios llenos de boas, cascabeles y pitones. El hombre piensa en las victimas que aparecieron en cacerolas o mutiladas. Todo encaja, dice a los forenses.
Se acerca al cuerpo que buscaban, el cual esta hecho ovillo en medio de la habitación. Vomita. Se desolló a si mismo, dice a uno de los médicos, una vez que recupera el habla. Mira hacia el rincón y descubre la piel del asesino colgada de un gancho: aun húmeda y sangrante. Las cuencas vacías de los ojos parecen susurrar: No estoy muerto, solo hago la digestión.

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