06 julio 2006

Esta es la lista de los cuentos cortos escritos durante la primera temporada de este blog, antes de su año de parálisis. No estan todos, sino aquellos que creo vale la pena dejar. La mayoría han pasado ya por varias lecturas, revisiones, etcétera. Gracias a los que en su momento los comentarios, sigue abierta la posibilidad de que los comenten, critiquen, etc. Pronto este blog volvera a los cuentos cortos, y uno que otro largo.




















Cuentos publicados en la web


Estas son ligas a algunos cuentos que me publicó la revista Al Margen.net durante el 2005. Ahora que estamos en esto del recuento del año pasado, antes del largo silencio, me pareció buena idea conjuntar la información. Un saludo a Oscar Huerta y su equipo, esperamos pronto ver un nuevo número de su revista.
.
.
.

Game over


Había jugado toda la tarde. La noche entera. Se da cuenta de que amanece porque un rayo del sol le quema el cachete. Falta solo un nivel para terminar el videojuego. Sus ojos duelen, sus dedos empiezan a hincharse aferrados al control de quince botones y tres palancas de mando. El séptimo ángel de la revelación hace un movimiento inesperado y ataca al protagonista en la pantalla. Pierde su última vida. Quince horas de juego ininterrumpidas para nada. Le sorprende que su madre no lo interrumpiera para mandarlo a dormir. Le extraña no escuchar sonidos en la casa ni en la calle. Se levanta. Recorre todas las habitaciones, abre la puerta al exterior. Solo cenizas, edificaciones semi-destruidas y una calma que duele en sus sentidos acostumbrados a las multitudes. No queda nadie en el mundo. Vuelve a su cuarto. Toma los controles y reinicia la máquina.

Canela


XY se ha preparado durante años para esta contienda. Ha pasado ya los preliminares y ahora, en plena final, sabe que puede ganar. Toma seis barras de canela, su sabor favorito, y mástica durante el tiempo reglamentario. Dan el banderazo de salida y la burbuja rojiza empieza a salir de sus labios. Es el evento más visto en el planeta. Empieza a inflar. Pronto esa bomba supera a sus competidores. Quiere el record. La gran esfera de chicle sigue creciendo hasta cubrir el estadio. No se detiene ni siquiera cuando ya es una sombra sobre la ciudad. Apunto de tocar la estratosfera explota. La goma se extiende por doquier. Los cientificos analizán las fotos que mando el explorador espacial. Les desconcierta el ligero sabor dulce que se encuentra en toda la dura corteza marciana.

Las manos de ellos continúan moviéndose


El vigilante deja el café sobre la mesa. Mira a los ocho monitores, sesenta cámaras que van mandando sus imágenes durante lapsos de diez segundos. En uno se veía el patio de la rectoría, cambia a un pasillo del comedor, a continuación muestra la salida del estacionamiento. Los lugares rotan en forma constante en cada una de las pantallas. Una de ellas le llama la atención, usa el pequeño tablero gris para indicar que esa cámara pase al receptor principal. Es uno de los laboratorios de cómputo. El salón trescientos diez y seis, donde usualmente se quedan algunos alumnos a trabajar toda la noche. Lo general es que estos fumen, coman frituras y tomen refrescos, a veces incluso cerveza, cuando se supone que esta prohibido. Los de seguridad suelen ignorarlos. Hoy es distinto.

Lo que el vigilante ve en la pantalla es a los estudiantes inmóviles frente a su respectivas computadoras. Por un segundo piensa que se arruino el sistema. Se acerca al monitor y se da cuenta que no hay ningún daño, ellos siguen allí, la cámara sigue tomando, en la escena estática solo las manos de ellos continúan moviéndose.

El vigilante llama a su compañero con la radio: estática. Intenta de nuevo: estática. Toma su linterna y sale de la caseta de seguridad. Se encamina al edificio de cómputo. Al llegar se asoma por la ventana de la puerta, los estudiantes siguen rígidos en sus asientos. Siete u ocho jóvenes, todos con audífonos, con la mirada fija en la pantalla que tienen al frente. Le extraña que ninguno reaccione cuando abre la puerta. Buenas noches, dice en voz alta. Nadie responde. Solo se oye el golpeteo arrítmico en los teclados, el zumbido del aire acondicionado y un susurro indeterminado que parece venir de los audífonos. ¡Buenas noches!, alza la voz. Nadie lo escucha.

Apunto de tocar al más cercano de ellos oye el motor de la cámara. Voltea hacia la esquina donde cuelga. Ve que se esta moviendo, el lente gira ajustando el enfoque y acercamiento. Siente como alguien lo observa a través del aparato. Un temblor se apodera de sus manos. Llama de nuevo a su colega: ¡Estas allí, cambio!, ¡Cambio! Solo estática. Los gritos no despiertan a los jóvenes que siguen en su tarea mientras el vigilante corre hacia la caseta. Al llegar descubre un cigarro recién apagado en su taza de café, la silla esta movida y el casillero de su compañero esta abierto.

Mira por un momento los monitores, una imagen hace que sienta una contracción en la traquea, una especie de golpe. Siente nauseas. Un cosquilleo que empieza en la base de la cabeza y corre de prisa por su espalda. Ve el laboratorio, los mismos muchachos trabajando como estatuas, pero en el suelo del pasillo una sombra. Conforme enfoca y acerca la cámara con los controles descubre que se trata de su compañero.
Toma su pistola. En veinte años de trabajar allí nunca la había sacado. Sale de la caseta. Abre de golpe el laboratorio: no hay nada en el suelo, ni cuerpo ni colega ni siquiera mancha de sangre. La mano le suda, tiembla de pies a cabeza, ve todo borroso. Toma aire e intenta hacer reaccionar a los chicos. Toma a uno del hombro, lo sacude, pero el rostro sigue absorto en la pantalla de su computadora. Le quita los audífonos, le grita al oído. Le duele el pecho. Empuja el monitor que esta frente al muchacho que lo ignora. El aparato se voltea, la pantalla esta dirigida al techo de la habitación. El estudiante sigue tecleando en la maquina, mirando ahora al vació donde estaba el aparato. El vigilante cae al suelo. Todo se le oscurece, respira con dificultad. Antes de cerrar los ojos lo único que alcanza a ver es que las manos de ellos continúan moviéndose.

El embrujo


Un cuarto iluminado por lamparas florecentes. Un hombre recostado, tratando de articular palabras. Otro sujeto vestido de blanco lo observa, ¿a que le teme? pregunta al tiempo que toma una jeringa y la usa sin vacilar. El que recibió la inyección empieza a hablar.

Pasaba el día en casa de mi abuela porque mis padres trabajaban. La casa era vieja. Habia todo tipo de cosas que la anciana había recolectado con los años. Tenía un gato negro, una mascota regordeta y peluda. El sujeto recostado rie en voz baja, recuerdo, continúa diciendo en medio de las carcajadas a media voz, que le hizó tragar una pastilla efervescente y no explotó, pero si sacó tanta espuma sanguinolenta por la boca que pinto la alfombra de la sala.

El sujeto de blanco lo mira fijamente, pone otra inyección. Siga hablando, le indica al que esta recostado. Ella también tenía una colección de santos parados de cabeza en la repisa del comedor. Un cotorro que en días de lluvía le daba por declamar junto a un perico que solamentente hablaba cuándo alguién se hechaba un pedo. Recuerdo vagamente jarras con líquido viscoso, tablas de madera con símbolos extraños y amuletos que llenaban la pared izquierda de su dormitorio.

Recuerdo algo, un objeto el cual es la razón de mi temor, de mis negativas a hacerlo. El sujeto arroja saliva verdosa al hablar. Sigue con el relato: Ella lo resguardaba en la habitación más oscura y húmeda de la casa, el baño del segundo piso. Allí estaba aquello, junto al espejo, un viejo cepillo de dientes.

El sujeto de blanco le pide que continue. Cuando tenía unos doce años entré al cuarto de mi abuela miéntras ella dormia la siesta. Abrí la puerta sin tocar. Estaba seguro de que la descubriría haciéndo alguna poción, los niños vecinos decían que vivía con una bruja. Pero lo que ví no fue a la anciana haciendo pocimas, sino usando el cepillo de dientes. Lo metía y sacaba de entre las nalgas. Gemía, gritaba. No se dio cuenta de que yo la veía.

El hombre llora. La saliva escapa por su boca y las lágrimas corren a los lados de la mejilla. Eshtshoi… hace una pausa …embushjado. Sabe que las palabras que pronuncia apenas se entienden. La persona a su lado asiente, coloca el extractor de líquido en la boca anestesiada y procede, revisando por última vez sus herramientas quirurjicas, a sacar los pocos dientes que restan en las encias. El ortodoncista suspira sabedor de las horas de arduo trabajo que pasará con el paciente, el primero que conoce que tiene treinta años sin lavarse los dientes.

Gengivitis


Se abre la puerta y lo primero que el joven ve del sujeto es su dentadura. Una fila de dientes asimetricos y escarlatas. Toda la boca sanguinolenta. El peor caso de gengivitis que he visto en mi vida, piensa. El que abrió la puerta lo hace pasar. Se decia que el Mascador creaba chicles de los sabores más insolitos. El muchacho pide una muestra. El vendedor le ofrece una pequeña esfera escarlata. El cliente empieza a mascar. Se mira en un espejo miéntras saborea el dulce liquido de la golosina. Descubre una gota de sangre saliendo por la comisura del labio.

La carcajada


¿Me vas a decir o no? grita el hombre corpulento. ¡Cómo quieras! Se saca el chicle de la boca y lo embarra en el parpado del prisionero. Hecha otra goma de mascar en su boca. Siguen las preguntas y el silencio obstinado. Pasan los minutos. El sujeto amarrado a la silla luce plastas de colores por todo el rostro, brazos y cabello. El interrogador luce cansado, sin corbata y sudoroso. Le arranca la camisa al capturado, sintiendo ya un primer asomo de incertidumbre. Continua con el procedimiento llenando de goma la tetilla izquierda. Pasan las horas. Al centro de la habitación se intuye al interrogado respirando con dificultad bajo una capa endurecida de chicle, que cubre todo excepto oídos, orificios de la nariz y un pequeño resquicio a la altura de la boca. El comandante desfallece, tiene hinchados cuello y cachetes, sombras bajo los ojos y un temblor indetenible en sus extremidades. Amanece. Se da por vencido. Llama a uno de los suboficiales, le ordena que lo suelten. Una bomba rosada se infla en la boca del recién liberado, emulando a la más sonora de las carcajadas.

El último deseo


Traemos al Don con nosotros. Vemos a las chicas disponibles y elegimos la que él parece preferir. Hace en su cara lo que pide. Fue su último deseo.

Estaba postrado en su cama. Hizó un sonido que ninguno entendió. Fue Nornoroeste quien se acercó a su cama. Pusó su oido y vimos como el anciano le susurro algo. El chico lo repitió a todos, dubitativo. Ante nuestra mirada quiso asegurarse de haber entendido bien, pero el viejo no volvió a repetir la orden.

Está loco, dijo Sureste. Se oyó el disparo y para el momento en que sacamos las pistolas ya solo quedaba una mancha de dientes, sangre y nervios, embarrando la pared. El humo aun salía del arma de Norte. Siempre fué el favorito. El más frió y, sin embargo, el más leal. Cumpliremos lo que pidió, dijó. Nadie se atrevió a pronunciar una palabra más.

La chica que elegimos parece ser la mejor del lugar. El rostro del anciano esboza una sonrisa al tiempo que se mira en el espejo. Todos pensamos que es un desvario, pero nadie puede contradecirlo. Cuando terminan con él, Norte le ayuda a levantarse de la silla. Le susurra algo y mi compañero mira al Don a los ojos. Asiente tragando saliva. Da la orden: ¡Ahora a todos!

Nos miramos, sabemos que la situación ya raya en la locura Ni uno solo hace algún reclamo. Uno por uno nos vamos sentando en la silla de la estética. Los labios pintados del anciano moribundo esbozan una sonrisa. Desde su silla de ruedas asiente complacido al tono azul metal que usan en mis parpados. Ya solo falta que me enchinen las pestañas y me hagan manicure.

Discovery Channel


El detective percibe el olor penetrante de la habitación. Se tapa la nariz y entra. Un oficial le muestra el cuerpo. Este era el asesino que buscábamos, afirma mientras revisa la habitación. Documentales apilados en el estante. Enciclopedias de la vida salvaje. Terrarios llenos de boas, cascabeles y pitones. El hombre piensa en las victimas que aparecieron en cacerolas o mutiladas. Todo encaja, dice a los forenses.

Se acerca al cuerpo que buscaban, el cual esta hecho ovillo en medio de la habitación. Vomita. Se desolló a si mismo, dice a uno de los médicos, una vez que recupera el habla. Mira hacia el rincón y descubre la piel del asesino colgada de un gancho: aun húmeda y sangrante. Las cuencas vacías de los ojos parecen susurrar: No estoy muerto, solo hago la digestión.

El final


Es la hora. Todos dejan sus trabajos. Los que manejan se detienen y bajan de sus vehículos. La gente mira al cielo. Unos esperan a un jinete en carroza de fuego, los creyentes. Otros a una o varias bombas atómicas, los pesimistas. Unos mas a un meteorito, los entendidos. Cada una de las personas en el mundo guarda un respetuoso silencio. Pasan los minutos y algunos se sientan. Horas después solo queda uno que otro de pie. Nadie dice una sola palabra, a lo mucho se escuchan ecos de suspiros surcando la superficie de la tierra. Después de algunos días unos empiezan a morir. El hambre, el cansancio, el aburrimiento y hasta la inmovilidad son las causas de millones de decesos. Cuando el último de los humanos cierra los parpados para dejar de existir, en su cabeza resuena un último pensamiento: Es bueno estar preparado.

Historietas


Camina por la calle. El chico piensa en todas las cosas que pesan a los dieciséis, es decir, miles de cuestiones y nada al mismo tiempo. Sus pasos son torpes. Va con las manos en los bolsillos, derribando a veces un objeto o chocando con un adulto que en seguida le dice “fijate”, los que menos, “chamaco pendejo” los que más.

Hoy amaneció con una sensación de ser distinto. Piensa en decírselo a alguien, pero ya esta cansado de que los adultos hablen del cambio sexual, los pelos que salen y las energías que debe aplacar haciendo mucho deporte. Sumido en sus pensamientos observa de reojo la calle sin autos, cruza sin subir la vista. El conductor del autobús no lo ve hasta que esta frente a su vehiculo. Toca el claxon.

El chico voltea. En ese segundo líneas de luz salen de su cuerpo. Como cuando uno mueve una lámpara con la mano y lo que se ve es una estela que se va borrando. La energía pega contra el autobús a menos de dos metros de él. De la misma forma que si se impactara con un árbol, el frente queda doblado por en medio. Los pasajeros salen arrojados hacia delante. Un par de personas alcanza a atravesar el parabrisas y caen justo al lado del muchacho. Dentro del armatoste hay heridos y muertos. Algunos aplastados por metal retorcido, otros atravesados por tuberías, cristales u objetos que los mismos usuarios traían. El conductor esta atrapado entre el volante y el asiento. Forma una curiosa figura: una pierna en noventa grados con el tronco, los dos brazos del mismo lado, la cara aplastada por el espejo.

Los autos empiezan a detenerse, una baya de curiosos se va acercando. A lo lejos de oyen las ambulancias. El chico salta con cuidado uno de los cuerpos que lo flanquean. Pisa un charco de sangre que se ve más púrpura de lo que él supone es normal. Avanza por el resto de la calle. Se limpia las suelas de los zapatos en una jardinera de la banqueta. Sigue su camino, con la cabeza alta, sonriendo. Va pensando en los recién descubiertos poderes, en el traje que usará y, sobre todo, en todo el bien que podrá hacer a la gente.

La agrupación


Pensó en entrar a la agrupación de PA. El primer paso estaba en reconcerse enfermo. Ya frente a la puerta, la idea de que todo fuera una conspiración lo detuvo. Se aceleró su pulso, sus pensamiento estaban disparándose. ¿Sería una forma de capturarlos? ¿Quedaría marcado de por vida? ¿Tal vez los diagnosticos estaban erroneos? Se sigue de largo. Pronto olvida la idea. Yo estoy sano, se dice, no necesito entrar a Paranóicos Anónimos.

Antes de la puerta


El vidente se bajará del auto. Caminará a su puerta. Entrará a la sala, cansado como siempre, después de un día de trabajo en la oficina de sucesos futuros y profecías de interés público. Subirá las escaleras. Pensará: si no fuera porque un puesto en el gobierno paga tan bien…, no completará la frase. Se reprochará mientras prende el televisor de su cuarto: llenar formularios todo el día con la supuesta descripción detallada de los hechos a ocurrir, aún cuando solamente tengo una vaga imagen, ¡si supieran que últimamente lo invento casi todo! Se quejará porque todas las noticias de la noche ya las sabía.

Entrará al baño. Verá al hombre que le apunta con una pistola. ¡Hay personas de quienes no debes hacer profecías, cabrón!, dirá el asesino. Me sé de memoria la lista de los impredecibles, yo no documento ninguna información censurada. Pues no es lo que dice el reporte. Deben de haberme confundido con mi compañero de cubículo, suplicará la víctima aún sabiendo que nada puede hacerse. Recibirá el balazo. En su auto el vidente regresa al presente. Se baja del vehiculo. Está conciente de que no puede cambiar nada, ¡pinche burocracia!, dice derrotado justo antes de la puerta.

Realidad


Se acostumbra a la luz y descubre que debe empezar desde el nacimiento. Le sorprenden las imágenes que observa, también la sensación al tocar las cosas. Cada uno de los sentidos le emociónan. Decide que se quedará. Le lleva cerca de cinco años aprender a tener control total de su cuerpo. Pronto sus padres le regalan su primera espada. Escoge ser guerrero.

Sus primeras batallas son sencillas. Sobresale de los demás a su nivel y pronto es promovido. Mejora a cada golpe, a cada enemigo. Cuando llega a la adolescencia se embarca al continente de los oscuros. Muchos prefieren quedarse. La guerra del otro lado del aceáno es cruenta, siempre se siente inferior. Ve morir y revivir a muchos. Poco a poco, su ejército toma terreno.

En plena adultez, después de años de lucha, es elegido para las misiones secretas. Su vida corre peligro cada día, pero él es de los pocos que resiste sin caer. Le lleva años enteros poder ser parte del grupo de avanzada, con la consigna de llegar al corazón mismo del contrario. Su espada es la que atraviesa al lider oscuro. Fiesta, regocijo, triunfo. Nada que hacer después de derrotar a un ejército enemigo. Pasa un par de años ayudando a reconstruir el continente. Viejo y cansado, decide apagar el videojuego. Cuando se quita el traje y el casco de realidad virtual se mira al espejo. Su cuerpo ha crecido. Arrugas zurcan su rostro. Piensa en sus triunfos y sabe que la vida valio la pena.

La siesta


El anciano llega a su cuarto. El tráfico, un accidente inesperado del colectivo, la confusión, fueron todos elementos para que tardará mas de lo acostumbrado en el camino a su casa. Esta agitado. Se desnuda con premura, con la urgencia de quien acude a un momento crucial. Su estomago se queja del hambre. Hoy no, le dice a sus tripas convulsionadas, debo dormir. Ya van a dar las cuatro de la tarde. Siente taquicardia. Faltan algunos segundos mientras se recuesta en la cama. Sabe que si no cumple con la rutina se acabará el mundo. Cierra los parpados, su mente empieza a dispersarse en el sopor. Suena el timbre de la casa. El hombre recostado pierde el sueño. Derrotado, abre los ojos esperando lo peor.

05 julio 2006

Minivan


La mujer cierra los ojos miéntras la alarma repetitiva la ensordece. Es un radar para la reversa, le explicó su esposo el día que les entregarón el vehiculo, para que no vuelvas a pegarle a ningún pinche poste. La alarma se acelera, se aproxima demasiado. Piensa en su conyuge: en los constantes gritos rebajandola a pendeja, en las órdenes, en los insultos, en el hecho de haberlo visto semi desnudo con otra mujer. La alarma ahora es un sonido agudo y constante. Solo se interrumpe por el golpe seco contra la pared de su cochera, el metal retorciendose, los cristales posteriores de la camioneta desquebrajándose, y más sutilmente, el cuerpo de su esposo al ser aplastado.

Encantos


Los hombres la ven pasar desde la construcción. Nadie recuerda desde cuando, pero saben que ya son algunas semanas que ella pasa por allí más o menos a la misma hora. La mujer viste el día de hoy un vestido de una pieza, de una tela sedoza que bajo la luz del sol parece transparentarse. Nunca se sabe de quién viene el primer silbido, pero es una señal para que todos abandonen lo que hacen. Le dedican miradas lascivas, gritos y expresiones sexuales. Como en cada ocasión la chica parece contrariada, en los labios le leen una mentada de madre. Cuando dejan de verla aun dedican algunos minutos a señalar la tanga blanca que se alcanzaba a notar, los pezones que algunos juran haber visto, o la carita deliciosa para tenerla a sus ordenes.

Uno de los más jovenes no resiste más, el bulto en su pantalón confirma que debe serguirla. Deja sus herramientas en el suelo y tratando se ser sultil abandona el sitio de trabajo. La ve en la esquina y acelera el paso. Mantiene su distancia durante un cuarto de hora. Ve la oportunidad en una serie de terrenos baldios y acelera el paso. La alcanza. La jala hacia un espacio apenas oculto entre montañas de rocas y maleza. Alli la tira al suelo. Le arranca de un tirón la prenda de ropa. La golpea. La besa. La amenaza. Cuando se deshace de la minina tanga descubre todo: solo plumas. No puede huir, es demasiado tarde. La harpia extraña al oceano. No es lo mismo para ella el sabor salado que el sazón a mezcla, cemento y smog.

Final feliz


Miras a través de la ventana, una estrella cae y pides el deseo. En el acto, un hada aparece. Viven juntos unas cuantas semanas. Te acompaña y te ayuda en la casa. Hacen el amor hasta la fatiga. Pronto empiezan las discusiones, los silencios, las lejanias. Una pelea. Al despertar no encuentras ni un rastro de ella. Solo queda un muñeco de madera que además de moverse, te repite hasta el hartazgo: Papá ¿cuándo regresa? No sabes que responderle. Cada noche observas el cielo, hace tiempo que no crees en la magia.

Galante


Él es siempre caballeroso y observador. Es un conquistador empernido. No existe bar, cantina, baile o evento del que haya salido sin una mujer curvilinea y dispuesta. Es atento al platicar, romantico al bailar, gentil en la cama y siempre fogozo ante cualquier motivación. Es romántico al despertar con ellas, a quienes siempre les llama con el mismo sobrenombre para evitar confusiones. ¿Preciosa donde estás?, dice al sentir el vacio junto a su cama, ¿Qué tienes entre las manos? Es galante aun en los segundos posteriores al impacto de bala en su cabeza: sus extremidades parecen las de alguién que esta dispuesto a dar un abrazo de perdón.

Decisión


Ella mira el sol. Atardece. En el rio bajo el puente se refleja la ciudad. Piensa en qué es lo que va a hacer. Ve acercarse a un hombre. Cuándo este llega a su lado, la mira directo a los ojos. Ella se ruboriza. Observa a su vez al sujeto. El rostro, los ojos, la sonrisa. ¿Crees en el amor a primera vista? dice él, susurrándole al oído. Si, dice ella. Siente su pecho latir, se siente confundida pero al mismo tiempo ilusionada. Vaya, hay muchos inocentes en el mundo, concluye él y sigue su camino. La joven regresa su mirada al agua en movimiento. Ya esta decidida. Se arroja sin vacilar.