06 julio 2006

El embrujo


Un cuarto iluminado por lamparas florecentes. Un hombre recostado, tratando de articular palabras. Otro sujeto vestido de blanco lo observa, ¿a que le teme? pregunta al tiempo que toma una jeringa y la usa sin vacilar. El que recibió la inyección empieza a hablar.

Pasaba el día en casa de mi abuela porque mis padres trabajaban. La casa era vieja. Habia todo tipo de cosas que la anciana había recolectado con los años. Tenía un gato negro, una mascota regordeta y peluda. El sujeto recostado rie en voz baja, recuerdo, continúa diciendo en medio de las carcajadas a media voz, que le hizó tragar una pastilla efervescente y no explotó, pero si sacó tanta espuma sanguinolenta por la boca que pinto la alfombra de la sala.

El sujeto de blanco lo mira fijamente, pone otra inyección. Siga hablando, le indica al que esta recostado. Ella también tenía una colección de santos parados de cabeza en la repisa del comedor. Un cotorro que en días de lluvía le daba por declamar junto a un perico que solamentente hablaba cuándo alguién se hechaba un pedo. Recuerdo vagamente jarras con líquido viscoso, tablas de madera con símbolos extraños y amuletos que llenaban la pared izquierda de su dormitorio.

Recuerdo algo, un objeto el cual es la razón de mi temor, de mis negativas a hacerlo. El sujeto arroja saliva verdosa al hablar. Sigue con el relato: Ella lo resguardaba en la habitación más oscura y húmeda de la casa, el baño del segundo piso. Allí estaba aquello, junto al espejo, un viejo cepillo de dientes.

El sujeto de blanco le pide que continue. Cuando tenía unos doce años entré al cuarto de mi abuela miéntras ella dormia la siesta. Abrí la puerta sin tocar. Estaba seguro de que la descubriría haciéndo alguna poción, los niños vecinos decían que vivía con una bruja. Pero lo que ví no fue a la anciana haciendo pocimas, sino usando el cepillo de dientes. Lo metía y sacaba de entre las nalgas. Gemía, gritaba. No se dio cuenta de que yo la veía.

El hombre llora. La saliva escapa por su boca y las lágrimas corren a los lados de la mejilla. Eshtshoi… hace una pausa …embushjado. Sabe que las palabras que pronuncia apenas se entienden. La persona a su lado asiente, coloca el extractor de líquido en la boca anestesiada y procede, revisando por última vez sus herramientas quirurjicas, a sacar los pocos dientes que restan en las encias. El ortodoncista suspira sabedor de las horas de arduo trabajo que pasará con el paciente, el primero que conoce que tiene treinta años sin lavarse los dientes.

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