05 julio 2006

Encantos


Los hombres la ven pasar desde la construcción. Nadie recuerda desde cuando, pero saben que ya son algunas semanas que ella pasa por allí más o menos a la misma hora. La mujer viste el día de hoy un vestido de una pieza, de una tela sedoza que bajo la luz del sol parece transparentarse. Nunca se sabe de quién viene el primer silbido, pero es una señal para que todos abandonen lo que hacen. Le dedican miradas lascivas, gritos y expresiones sexuales. Como en cada ocasión la chica parece contrariada, en los labios le leen una mentada de madre. Cuando dejan de verla aun dedican algunos minutos a señalar la tanga blanca que se alcanzaba a notar, los pezones que algunos juran haber visto, o la carita deliciosa para tenerla a sus ordenes.

Uno de los más jovenes no resiste más, el bulto en su pantalón confirma que debe serguirla. Deja sus herramientas en el suelo y tratando se ser sultil abandona el sitio de trabajo. La ve en la esquina y acelera el paso. Mantiene su distancia durante un cuarto de hora. Ve la oportunidad en una serie de terrenos baldios y acelera el paso. La alcanza. La jala hacia un espacio apenas oculto entre montañas de rocas y maleza. Alli la tira al suelo. Le arranca de un tirón la prenda de ropa. La golpea. La besa. La amenaza. Cuando se deshace de la minina tanga descubre todo: solo plumas. No puede huir, es demasiado tarde. La harpia extraña al oceano. No es lo mismo para ella el sabor salado que el sazón a mezcla, cemento y smog.

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